¿CUAL ES EL NIVEL DE OPACIDAD? WHAT IS THE LEVEL OF OPACITY?
Por Francis Berti
No es el humo lo que asphyxia. Tampoco es la falta de aire en los pulmones ni la clausura física de una habitación sin ventanas. El ahogo más profundo —ese que se instala como un peso constante en la boca del estómago— no proviene de lo que irrumpe con violencia, sino de la masa ciega que se acumula en el silencio.
¿Cuál es, entonces, el nivel de opacidad?
Es el espesor de una atmósfera que ha perdido la capacidad de reflejar. En cada respiración atascada, en cada instante donde el aire entra frío pero no llena, lo que se intenta transmutar no es una pena ni un dolor articulado: es la fricción contra un entorno vuelto de plomo. Es la materia densa de la indiferencia.
Hay una aritmética insidiosa en la ausencia. Cuando aquellos que debieron manifestarse —los que tenían la responsabilidad del gesto, de la palabra limpia, de la presencia que alivia— eligen la penumbra de la evasión, esa omisión no queda en cero.
No es un vacío transparente. Es una capa de hollín sobre el aire. La expectativa que se disuelve sin ruido. El gesto que se espera y no llega, dejando un hueco que se llena de humedad fría. Los lúgubres opacos no se anulan entre sí; se superponen. Cada cuerpo ausente, cada voz que debió ser respuesta y prefirió la comodidad del claroscuro, añade un milímetro de densidad al ambiente..
Sentir el ahogo constante en cada instante no es una debilidad: es el síntoma de estar vivo en una estancia donde la empatía se atrofió. Transmutar esa opacidad exige reconocerla por lo que es: no un fallo propio, sino el peso muerto de todo lo que los demás no se atrevieron a nombrar, a sentir o a sostener contigo.
Y allí, en el centro mismo de esa asfixia, la pregunta permanece suspendida como un cristal de sal: cuánto más debe pesarse la sombra de los otros antes de que el aire vuelva a ser de uno.